Este es un blog personal y sólo publica artículos de José Carvajal. © 2017, Agencia de Autor

12 de abril de 2016

Hostos, demasiado humano

Juan Bosch escribió mucho, tal vez demasiado. Creo que escribió más de lo que habló. En el habla era tan puntilloso como en la escritura; cuidaba la precisión, el dato, las fechas, los nombres. Aunque hablo del Bosch literato, todas esas virtudes se traducían a lo mismo cuando pasaba de los libros al discurso político. Valga esa nota para otra reflexión sobre la obra que legó a los dominicanos y a toda América uno de los hombres más prolíficos de nuestra literatura.

En 1909, cuando Bosch nació, la literatura y la política de nuestro país iban de la mano a campos de batalla donde se libraban luchas por mantener el orden y por defender la soberanía nacional. La primera fue estandarte de soñadores; la segunda el porvenir. Bosch creció en el porvenir y adoptó sabiamente el estandarte; nunca abandonó la escritura ni la política. El porvenir de Bosch estuvo cimentado en ese monumental trabajo de supervisar la titánica tarea de transcribir a máquina los manuscritos de Hostos, que ya para entonces había fallecido en 1903 en República Dominicana.

Bosch lo dice mejor: «Eugenio María de Hostos, que llevaba 35 años sepultado, apareció vivo ante mí a través de su obra, de sus cartas, de papeles que iban revelándome día tras día su intimidad; de manera que tuve la fortuna de vivir en la entraña misma de uno de los grandes de América, de ver cómo funcionaba su alma, de conocer —en sus matices más personales— el origen y el desarrollo de sus sentimientos.» (Prólogo para una edición puertorriqueña de “Hostos, el sembrador”).

Pero ¿quién fue Hostos? ¿Quién sigue siendo Eugenio María de Hostos a los más de cien años de su muerte? Para muchos dominicanos de ahora Hostos no es más que una calle de Santo Domingo, el plantel de una Universidad citadina, o un parque ubicado en la avenida George Washington, cerca del Ministerio de Cultura. Sin embargo, antes de que lo convirtieran en todo eso Hostos fue un hombre de carne y hueso que forjó conciencia moral en toda América (“[…] al escribir enseñaba y hacía algo más que enseñar: edificaba conciencia”, se lee en “Panorama histórico de la literatura dominicana” de Max Henríquez Ureña).

En nuestro tiempo, al Hostos humano se
le conoce por testimonios que sobre él dejaron quienes lo trataron y admiraron, y por quienes estudian y veneran su legado. Y es que Hostos vive todavía en la conciencia antillana y en rincones continentales; respira aun en las páginas de su propia obra tan voluminosa, en la historiografía de Cuba, y en la de su entrañable lucha por la emancipación de Puerto Rico. Por eso su nombre no puede faltar en ningún plan de enseñanza ni en ningún libro de historia del Caribe y de un poco más allá.

Sin embargo, el Hostos que muchos dominicanos deben conocer está en ese libro escrito hace muchos años por Juan Bosch: “Hostos, el sembrador”. Lo de sembrador no se refiere a cosechas agrícolas ni al cultivo de la tierra en el sentido alimentario, sino a un sembrador de ideas, a un hombre demasiado optimista que soñó en grande en lugares pequeños y en medio de la escasez, para beneficio de todos.

En su libro Bosch lo entrega no tanto como el personaje de una biografía novelada, sino como el hombre que iba dejando huellas por todos los caminos a pesar de no ser comprendido («Quiso hacer bien, como siempre; y no le entienden: eso es todo. Los hombres defienden intereses, y él defiende ideas»). Fue atacado, vilipendiado, odiado, repulsado a veces en países donde aportaba ideales que encontraban la oposición de gobernantes mediocres que temían el despertar colectivo. (MHU lo observó en su ya mencionado Panorama histórico: “[…] el ambiente político del país, bajo la tiranía de Ulises Heureaux, era irrespirable. Hostos formaba conciencias, creaba ciudadanos, su labor no podía dejar de ser vista con mal oculto recelo en las esferas del gobierno. […] pues su mayor afán era que el alumno se habituara a razonar por sí mismo”.).

En el inicio de su relato Bosch describe a su personaje así: «El viajero tiene poco más de treinta años y es grave como un anciano. Una barba larguísima le cubre el rostro, en el cual se destacan los ojos azules, un tanto grises, la frente alta y rosada, y la nariz aérea. Contempla el mar embelesado…»

La narración de Bosch es lineal, cronológica, con muy poca retrospección, y de lenguaje sencillo y fluido como todo lo suyo. Por las descripciones y el profundo conocimiento de Bosch acerca de la vida de Hostos, el lector tiene a veces la impresión de estar mirando una película en la que aparecen paisajes y personajes de acuerdo con la acción del protagonista y las circunstancias de la historia que se cuenta. Así descubrimos lo demasiado humano que fue Hostos, que se movió por las Antillas con la misma seguridad con que lo hizo por Tierra Firme. Un viajero, no un aventurero ni un turista; viajaba por Europa y América (Chile, Brasil, Colombia, Perú, Argentina, Panamá,  Estados Unidos, España…) en busca de terreno fértil para sus ideales y acciones independentistas. Eso mientras alzaba el estandarte de la palabra, pues escribió todo lo que pudo, en cualquier lugar o circunstancia. Bosch lo dice así: «Todos los periódicos latinos de la ciudad [de Nueva York] le pedían colaboración, y ninguno se acordaba de que el autor debía vivir. Sí, iban a verle los que se beneficiaban con su trabajo; y le hacían chistes y le rogaban, pero no se tomaban interés en saber si comía o no aquella incansable máquina de artículos.»

La remuneración por la tarea de escribidor era ninguna o no le daba para sobrevivir, y lo sometía a toda clase de sacrificios  («Ningún trabajo que le impidiera cumplir su propósito podía ser para él: prefería el hambre, la amargura de la soledad; el lento envenenamiento de pensar en sí, en los otros, en los suyos y en los que le herían.»).


Así fue siempre: «[...] sufrió privaciones que solo se parecían a las de aquel Madrid de 1868. El mal pasar autoriza a que nos humillen: por ejemplo, ahí está el amigo que le envió, precisamente por noviembre, un billete de veinte pesos con el ruego de que aceptara ese obsequio de un "hermano". Averiguó quién era, y le devolvió el billete. [...] El iría a Cuba [en activismo independentista para de ese país]; pero sin aceptar un centavo de los cubanos. Llegó diciembre; y la ropa que llevaba encima estaba en estado tan deplorable que tuvo que encerrarse y no dejarse ver de nadie.»

Toda la vida de Hostos, privada o pública, estuvo marcada por el ideal pedagógico y las actividades en pro de la denominada Confederación Antillana y las luchas independentistas de Cuba y de su natal Puerto Rico. En República Dominicana, que ya era finalmente libre y soberana desde 1865, la labor que emprendió Hostos fue la de reformar la enseñanza en 1880 cuando fundó la primera Escuela Normal de nuestro país, con el apoyo oficial del  gobierno de Gregorio Luperón y luego del presidente Fernando Arturo de Meriño.