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18 de abril de 2016

El circo de “Bestiario dominicano”

Giovanni Di Pietro y Alex Ferreras
En el mundo intelectual nada es realmente importante hasta que sale en un libro. Por eso el nombre de Alex Ferreras no tuviera ninguna relevancia para mí si no fuera porque es el autor del epílogo de “Bestiario dominicano”, del catedrático de origen italiano Giovanni Di Pietro. En dicho libro, Di Pietro interpreta a su modo el mundo ficticio de 25 novelas dominicanas. Y al final aparece el epílogo, escrito por Ferreras.

Llama la atención que Ferreras diga que fue alumno de Di Pietro, 
«en la UASD y en la UNPHU»; y que el epílogo que quiso escribir terminara siendo una apología del maestro y no un resumen, recapitulación o ponderación de la obra en cuestión. Es la primera señal para la sospecha, para la desconfianza, para las dudas, para la falta de equilibro. Hay demasiada admiración en ese texto, y por lo tanto se debe leer y analizar con frialdad para evitar el peligroso contagio del entusiasmo, que siempre nos lleva a ser complacientes.

Sin embargo, hay también ciertas palabras y frases que levantan sospechas sobre la calidad que esperaríamos de Ferreras. De acuerdo con una nota biográfica que aparece en la solapa del mismo libro, Ferreras es catedrático de literatura inglesa y norteamericana de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), posee una licenciatura en Inglés por la Universidad Pedro Henríquez Ureña, y una maestría en literatura comparada, por la Universidad de Massachusetts, además de autor de varios libros. De modo que no es, digamos, o no debe ser, subrayo, un improvisado.

Entre las palabras y frases que depiertan dudas y anuncian un desafío inexplicable figuran “no es paja de coco”, “tigueraje intelectual caricaturesco y corrompido”, “articulejos”, “obras mínimamente decentes siquiera”, “adefesio de texto narrativo”, “jergas literarias de poca monta”, “crítico complaciente e inescrupuloso”; es decir, Ferreras parece un académico raso que imagina una batalla y ha salido a defender a su antiguo maestro, quien fue atacado por sus juicios críticos en el pasado y que espera ocurra lo mismo en el presente tras la publicación de “Bestiario dominicano”.

Para Ferreras, “Bestiario dominicano” lleva de Di Pietro el 
«sello inconfundible de excelente formación académica, íntegro, insobornable e innegociable, sin atadura con ningún tipo de poder». Todo eso está bien; después de todo es la opinión del exalumno acerca del maestro al que aun venera y cree superior solo por este haber nacido del otro lado del Atlántico («Europeo por origen e identidad, por lo tanto, con una amplia visión de la cultura universal»). Quizá esas palabras no resultaran lisonjeras si fueran de José Ortega y Gasset, que en los años treinta del siglo pasado, en una reunión del Consejo de Administración de Espasa-Calpe se atrevió a decir, según el fundador del Fondo de Cultura Económica (FCE) de México, Daniel Cosío Villegas, que «el día en que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española "se volvería una cena de negros"».

La veneración del alumno Ferreras permea su relato de la época en que conoció a Di Pietro: 
«Cuando leí sus primeros ensayos manuscritos sobre las obras narrativas […], me dije que estaba ante un estilo muy novedoso, con brío sencillo y directo…»

Ahí me pregunto, ¿cuánto habrá leído Alex Ferreras? ¿Qué tantos críticos, qué tantos ensayos, qué tanto de todo lo que hay que leer para concluir que se está ante 
«un estilo muy novedoso»? Y pienso fugazmente en clásicos que ejercieron la crítica con juicios implacables, como Edgar Allan Poe y Sainte-Beuve; en otros más cercanos como Edmund Wilson o Harold Bloom; en los más nuestros todavía como Pedro Henríquez Ureña, Angel Rama, Julio Ortega, Emmanuel Carballo o José Miguel Oviedo. Los tradicionales nombres del claustro académico: Barthes, Jauss, Lévi-Strauss, Croce, Foucault, Todorov, el mismo Ortega y Gasset, y muchos que no alcanzo a recordar, son muy importantes pero no suficientes.

Dejo pasar y sigo leyendo a Ferreras. Hay sandeces en el camino (
«…partiendo de la premisa de que sería mucho de su parte recibir, no uno, sino varios reconocimientos en vida, aunque conociéndolo como le conozco, le daría igual una cosa como la otra») y problemas de coordinación de ideas claras («me he quedado a la espera de que sus detractores no sigan enfrentándolo con ocasionales articulejos que empuñan en revistas y periódicos y en entrevistas que en ellos se les hace, acaso leídos por un 2% comprobado, de lectores especializados»).

Me da risa lo del 
«2% comprobado», y más todavía lo «de lectores especializados», pero igual avanzo entre más sandeces, hasta encontrarme con una frase lapidaria que el académico raso atribuye a su antiguo profesor Di Pietro: «Los jóvenes novelistas son, para mí, un rotundo y lastimoso fracaso». En ese momento se me cae el libro. El incidente no me deja pensar detenidamente en esa frase que yo había calificado ya de imprudente y torpe por tratarse de un profesor universitario, y al intentar retomar la lectura caigo en un abismo del pensamiento de Ferreras: «la presencia de Di Pietro en la cultura dominicana tiene como precursores a Hostos y Alberto Baeza Flores y su fecunda y luminosa trayectoria educativa y cultural en pro del país».

El chileno Baeza Flores fue miembro fundador en 1943, en Santo Domingo, de la revista La Poesía Sorprendida, y luego grupo literario homónimo, junto a los poetas dominicanos Domingo Moreno Jimenes y Mariano Lebrón Saviñón. También publicó ensayos y antologías de cierto valor entusiasta: "Los poetas dominicanos del 1965: una generación importante y distinta" y "La poesía dominicana en el siglo XX".

Bien, aceptamos y agradecemos el esfuerzo de Di Pietro, 
más por cortesía que por profundidad; pero de ahí a que se insinúe una comparación con el prócer puertorriqueño Hostos, ya es demasiado. Al parecer el maestro italiano no enseñó a su alumno a reflexionar antes de hablar; tampoco lo enseñó a pulir ni evitar descuidos en un texto antes de publicarse. Solo el desconocimiento de la titánica, excelsa, magnánima, y todo lo grandioso que pueda agregarse para describir la inigualable labor de Hostos en República Dominicana y América, llevaría a un catedrático, en este caso de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, como lo es Ferreras, a insinuar semejante estupidez. 

Por ahí parece que anda el deterioro de la educación en el país, y por ahí andarán aquéllos que aplaudan el espectáculo de “Bestiario dominicano”. ¡Que abran las jaulas!