Este es un blog personal y sólo publica artículos de José Carvajal. © 2017, Agencia de Autor

29 de marzo de 2016

Intentos de Rafael Hilario Medina

Rafael Hilario Medina
Hay libros que entusiasman en las primeras páginas; que comienzan a inflarse en nuestras manos como globos de cumpleaños que anuncian la festividad, el goce, un rato de felicidad. Pero de repente sucede algo, surge un defecto puntiagudo que causa una fuga de aire; y el globo que celebramos como regalo divino de los dioses empieza a desinflarse y hace que al final el lector pierda el asombro y que se angustie en solitario, porque lo que menos quiere un lector es que un libro se le muera en las manos.

Eso me ocurrió con “Los días elefantes/El hombrecito de bolsillo” del dominicano Rafael Hilario Medina, un poeta de la llamada Generación de los 80. Las tres narraciones breves que dan inicio a ese mundo que el autor entrega a la curiosidad del lector en solo cincuenta páginas, despertó en mí un cierto entusiasmo. Y por eso me pregunto ¿cómo es posible que alguien que comienza con tan buen pie un libro, acabe echándolo a perder de manera inexplicable?

Persecución del día dinosaurio, Los días elefantes, y Nomenclatura de la risa, me parecen ejercicios narrativos extraordinarios. Son textos de cortes kafkianos y cortazarianos por lo absurdo, pero también recuerdan el ingenio de un Augusto Monterroso que siempre fue breve, y los juegos verbales de lo que se podría llamar la primera etapa del mexicano José Agustín y sus compañeros ya fallecidos de la Literatura de la Onda; o del mejor Guillermo Cabrera Infante.

El problema, sin embargo, comienza con otra narración breve: Un señor muy importante. Aquí quedo con la impresión de que el autor se extendió al final del relato. La empleada doméstica dice: «Señor, aun no he cobrado el sueldo de este mes. ¿Aun no ha salido el cheque? No, señor. ¡Qué raro! Comentas y, convencido, agregas: No hay de qué preocuparse. Discutiré el caso con el Señor Ministro. Sonríes, te ajustas la corbata, enciendes tu vehículo y te alejas.» Mi observación sería dejar el final hasta donde dice «No, señor». Lo sobrante debilita el efecto de la brevedad.

De ese relato en adelante el libro entra en picada. Llueven las ocurrencias propias del repentizar y aparece el peligro que acecha siempre a los escribidores: los lugares comunes, ese gusanillo que surge de la larva de la dejadez, de la superficialidad, del cansancio, de la pereza, de la prisa, o de lo que sea. El lugar común es un vicio del lenguaje que funciona muy bien en la oralidad, pero cuando pasa a ser parte de una composición literaria los efectos pueden resultar desconcertantes si los propósitos del autor no son claros a la hora de incorporarlo en un contexto determinado. Creo que para un libro tan pequeño, Rafael Hilario Medina se ha permitido demasiados lugares comunes («ley del destino», en Los días elefantes; «por mera casualidad del destino», en Metamorfosis del tigre; «un montón de viejas chismosas», en Las Harpiadas; «el hombre es el mismísimo diablo», en El mago; «por la verdad murió Cristo», en Una lección de humildad).

En estas páginas también hay "repentismos" efectivos aunque no asombrosos, como el que habría originado el brevísimo texto País de bolsillo, que copio íntegro: «Había una vez un país tan pequeño, pero tan pequeño que cabía perfectamente en los bolsillos de unos cuantos señores respetables».


En realidad, “Los días elefantes/El hombrecito de bolsillo” me parece un capricho literario en el que Rafael Hilario Medina intercala prosa y poesía. En este caso particular prefiero al explorador que desliza ideas sobre el minado territorio de la prosa; en esos textos no se produce el milagro, pero tampoco al autor se le puede negar una dosis de ingenio que él mismo pone a prueba de cara a su mundo cotidiano. Quizá fue un error incluir en este corpus de la imaginación esos poemas que no lo dejan bien parado, sobre todo para un poeta nacido en 1959 que integra una generación relativamente importante en la historiografía literaria dominicana del siglo XX.

Por cierto, ningún poeta de generación con registro puede darse el lujo de pasar por las páginas sin escribir un soneto, o por lo menos intentarlo. Con «Son neto: Homenaje a Alejandra Pizarnik» Rafael Hilario Medina se lanza con miedo y timidez a esas aguas ya nada benditas. Lo delata y lo salva a la vez el juego de palabras que utiliza en el título del poema. La salvación está en no afirmar categóricamente que es un soneto de esos que deben su esencia a la rígida estructura de 14 versos endecasílabos y un determinado sistema de rimas.  Pero el miedo y las dudas son cosas normales; le ocurrió al clásico Lope de Vega cuando en uno de sus propios sonetos invita al lector a verificar el número de versos: 
«Contad si son catorce»

En fin, dejo a los expertos la suerte del “son neto” de Rafael Hilario Medina mientras intento dar con el paradero de “El hombrecito de bolsillo” que se me ha perdido en la bruma de “Los días elefantes”.