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12 de febrero de 2016

PHU y descuidos de Andrés L. Mateo

Andrés L. Mateo
Quizá deba comenzar diciendo que es penosa la presentación que hace Andrés L. Mateo al libro “Treinta intelectuales dominicanos escriben a Pedro Henríquez Ureña”, el cual fue editado por el investigador Bernardo Vega y publicado a finales de 2015 por la Academia Dominicana de la Historia y el Archivo General de la Nación (AGN).

El uso del adjetivo “penosa”, en este caso, no es un capricho; ni responde a una mala intención con el admirado Andrés L. Mateo, sino al hecho de que cuando leo una persona como él, Premio Nacional de Literatura y miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua, quiero pensar que me instruye, y no que destruye la imagen que tengo del intelectual.

Veamos el inicio de la presentación: 
«Cuando Pedro Henríquez Ureña nació, el 29 de junio del año 1884, la ciudad que lo acogió, Santo Domingo, era un entramado sinuoso de calles polvorientas en las cuales discurría la vida lenta y apaciblemente. Es cierto que las frecuentes refriegas que escenificaban los “rojos” y los “azules” por el control político y económico del país alteraban la vida de la nación, pero muy a pesar de toda la polvareda escenificada por los caciques políticos de entonces, sorprendía que la vida cultural fuera tan numerosa y activa.»

Aparte de que me inquieta el raro uso del verbo “acoger” para una persona que nace en un lugar, en este caso PHU en Santo Domingo, dicho párrafo no deja de ser contradictorio. Primero dice que allí «discurría la vida lenta y apaciblemente», y luego habla de «que las frecuentes refriegas que escenificaban los rojos y los “azules” por el control político y económico del país alteraban la vida de la nación.»

Más adelante, en el mismo párrafo, surge una imprecisión relacionada con la fecha en que Eugenio María de Hostos llegó al país. Andrés dice que fue “en mayo del 1887”, y de acuerdo con el investigador Miguel Collado, el fundador de lo que conocemos como la Escuela Normal llegó a República Dominicana en mayo de 1875; es decir, hay una diferencia de doce años entre la fecha que registra Andrés y la que aparece en la minuciosa cronología de la vida de Hostos preparada por Collado.

El dato proporcionado por Andrés tampoco se corresponde con lo narrado por Juan Bosch en “Hostos, el sembrador”. En esa biografía novelada del célebre puertorriqueño, Juan Bosch dice lo siguiente: “A fines de noviembre de 1885, llega a Santo Domingo un hombre que ha hecho resonar a filo de machete las conciencias de América: es Máximo Gómez. Hostos le da la bienvenida, y le oye contar episodios de la Guerra Grande, o hablar de los problemas de Cuba, en cuyo amor comulgan ambos”. O sea, Hostos no pudo llegar al país en “mayo del 1887”, como dice Andrés, porque ya estaba (o había estado) en la isla.

A lo largo de la presentación afloran también lo que yo llamaría descuidos en la construcción de ideas. Un ejemplo: 
«(...) en el caso de Pedro Henríquez Ureña, no era frecuente que hiciera comentarios en su correspondencia sobre acontecimientos políticos que estuvieran ocurriendo en los países donde vivía.»  Tal vez sería menos ambiguo decir: “en el caso de Pedro Henríquez Ureña, no era frecuente que en su correspondencia hiciera comentarios sobre acontecimientos políticos que estuvieran ocurriendo en los países donde vivía”. Pues en la primera se podría interpretar que la correspondencia era sobre acontecimientos políticos, y me parece que Andrés quería decir lo contrario.

Otro ejemplo de las cosas que hacen penosa la presentación tiene que ver con el temprano reconocimiento del que supuestamente gozaba Pedro Henríquez Ureña en su propio país. Andrés dice: 
«No es verdad, por lo tanto, según esta correspondencia, que él tuviera un reconocimiento a sus calidades intelectuales primero fuera de su país y luego dentro, porque lo que se puede leer es que había una conciencia en los sectores intelectuales del país de su dimensión como pensador». Igual, yo habría sugerido poner: “…porque lo que se puede leer es que en los sectores intelectuales del país había una conciencia de su dimensión como pensador.


Un último ejemplo: «Yo creo que este es un libro que completa la visión de Pedro Henríquez Ureña que todos tenemos, y robustece la biografía que algún día tendrá que escribirse.
»  Quizá hubiera sido menos confuso decir: “Yo creo que este es un libro que completa la visión que todos tenemos acerca de Pedro Henríquez Ureña (…).

Hay más, pero considero que estos ejemplos son suficientes para poner en la mira el pulso de Andrés en el texto de presentación de un libro que está llamado a convertirse en material imprescindible en la amplia bibliografía sobre Pedro Henríquez Ureña, sin duda el mayor humanista dominicano de todos los tiempos.

En fin, son gajes del oficio.