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2 de julio de 2014

Pedro Henríquez Ureña con ribetes de oro

Miguel Collado puso ribetes de oro a los actos conmemorativos del 130 aniversario del natalicio de Pedro Henríquez Ureña, organizado por el Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (Cedibil). Solo las personas que escuchamos la conferencia que dictó en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), podemos decir que allí sobraron quilates.  Además del vasto conocimiento que exhibió acerca de la vida y la obra del humanista, Miguel demostró, con la proyección de una serie de diapositivas, que posee una cantidad inédita de documentos personales de los Henríquez Ureña, gracias a la amistad que ha entablado en los últimos años con miembros de la singular familia de eruditos, poetas y políticos dominicanos.

Cada palabra de Miguel Collado estuvo sustentada en el material gráfico proyectado en la gigantesca pantalla del auditorio de la Biblioteca Pedro Mir de la UASD. La voz de Miguel desde el podio era el susurro informativo que no permitía la distracción,  por el encanto de los datos y la certeza de que no hay espacio para el engaño producto de la imprecisión y la falta de rigor investigativo.

Todo lo contrario. Allí lo que más le sobró a Miguel fueron documentos.  Algunos de ellos demasiado personales, como una libreta de teléfonos donde aparecen registrados los nombres y los números de la época de otros intelectuales y escritores que si no lo eran entonces ya alcanzarían cierta fama literaria, como Enrique Anderson Imbert, Enrique Amorim y Francisco Ayala. Las agendas de 1931 y 1946 en poder de Miguel Collado dan fe de que Pedro Henríquez Ureña era un hombre meticuloso, celoso de su horario, y de una cultura  que lo agigantó en su tiempo y que lo sigue agigantando en el nuestro.

En una de las agendas, donde se aprecia el pulso de la escritura de puño y letra de Pedro Henríquez Ureña, quedó anotado lo último de una vida cargada de compromisos por todos lados. El documento registra llegadas y salidas de países visitados por el humanista; lo mismo sus planes de asistir a conciertos, museos, conferencias y las actividades de ese mes de mayo de 1946 en que el erudito murió tras desplomarse en el tren que lo llevaría desde Buenos Aires a la ciudad de La Plata para cumplir con su faena de maestro en Argentina. En ese país vivió los últimos años a pesar de sufrir discriminación por ser, según Jorge Luis Borges, “dominicano, judío y mulato”.

“Cualquiera de esas cosas bastaba para desacreditarlo, de modo que lo mantuvieron al margen, se portaban mal con él y él sabía muchísimo”, habría declarado alguna vez Jorge Luis Borges al recordar a Pedro Henríquez Ureña, hijo de la clásica poeta y educadora dominicana Salomé Ureña y del también educador  y político Francisco Henríquez y Carvajal.

La conferencia magistral de Miguel recordó todo lo que ya sabemos de Pedro Henríquez Ureña y agregó esos elementos propios de la intrahistoria que hacen posible elevar la oralidad al nivel del ensayo, y de lo que podría ser la disertación de una tesis doctoral.  Los que estuvimos allí salimos convencidos de que Miguel es un apasionado del tema Pedro Henríquez Ureña y de que posee sobre este un conocimiento singular que debiera ser aprovechado tanto por las academias como por el gobierno, para exhibir al mundo los más altos valores del humanista y su familia.

Los Henríquez Ureña, ese círculo familiar de cruce de siglos 19 y 20,  son la mayor y la más representativa carta de presentación de lo que somos capaces los dominicanos en el campo intelectual y la educación familiar. Y de que la condición de isleño no fue una limitante para prender las luces de una erudición que alumbró toda América, “la buena y la mala”.