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21 de abril de 2014

El legado del mago de Macondo

A Gabriel García Márquez lo vi personalmente dos veces en mi vida pero nunca me tomé una foto con él, porque siempre he creído una imprudencia molestar a los famosos o pedir a alguien que intervenga por uno para hacer de los primeros una pieza del museo de nuestra vanidad. Así que me quedan esos recuerdos sin material gráfico para probarlo.

Se movía por el mundo con la fama del Nobel que ganó en 1982 y la que ya había cosechado desde finales de los años sesenta con el éxito de su novela “Cien años de soledad”, un tifón de obra maestra que se llevó todo por delante, dejando si acaso una hojarasca y un hormiguero de curiosos que en el camino recogían las flores amarillas deseando ser tocados por el desbordante realismo mágico de su obra. Yo era uno de aquellos curiosos que se leyó de manera enfermiza todos los libros de Gabo.

A pesar de haber estado en dos ocasiones en el mismo lugar en México, nunca pretendí acercarme más de lo debido. Y es que la sombra de García Márquez era tan grande que empequeñecía a todos los que estuvieran bajo el mismo techo que él. Jamás se me ocurrió enterarlo de mi existencia fuera de la colectividad, aunque yo estaba irremediablemente pendiente de la suya a partir de la lectura de sus novelas, sus cuentos, sus entrevistas, sus declaraciones a los medios, y su fundamental obra periodística que no debería pasar por alto ninguna persona que ejerza esa profesión que él llamó “el mejor oficio del mundo”.

De eso hablé en algún momento con el ya fallecido autor de la famosa novela “Santa Evita”, Tomás Eloy Martínez, cuando lo visité una tarde en su casa de New Brunswick, en Nueva Jersey. Pero mis diálogos privados con autores famosos tienen siempre un carácter de confesión; nunca salgo a decir ni publicar lo que me confían a puertas cerradas, y por alguna razón algunos me han contado más de lo que yo hubiese querido. Tomás Eloy fue amigo íntimo de Gabo, por lo que hablar con él era en cierto sentido descubrir una parte de las interioridades que se tejen entre gigantes que guardan celosamente su entorno para el bien de la familia y de los secretos de sus obras.

Para mí el legado de García Márquez es y será siempre el haber hecho magia con las palabras; el de enseñarnos como el gran maestro de la literatura que era, que no existen temas locales si se tienen ideas claras acerca de la influencia que ejerce en la sociedad un escritor consagrado a su oficio y sobre la función del verdadero arte de narrar historias que cuentan con las mejores herramientas del lenguaje y el ejercicio del buen periodismo.

¿Qué mejor legado que el haber demostrado que es posible salir de la pobreza siendo honesto consigo mismo, y siempre fiel a los amigos y a los ideales? García Márquez lo demostró desde los inicios de su carrera en la década de los 50 hasta su muerte este 17 de abril de 2014. Ahora nos queda a nosotros contar de la mejor manera posible que fuimos testigos del nacimiento de un mito, de un clásico que, como Cervantes y Shakespeare, seguirá interesando a la humanidad por los próximos siglos de irremediable soledad.