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4 de diciembre de 2013

Inquietud y asombro de Alexis Gómez Rosa

El poeta Alexis Gómez Rosa no descansa. Lo vi hace unos días en mi paso relámpago por la histórica calle El Conde, en la zona colonial de Santo Domingo. Desde que me vio a cierta distancia metió la mirada en el fondo de un bolso que atesoraba entre sus manos y en el que parecía tener un ladrillo. Pero lo que sacó de allí como un número de rifa callejera fue un libro. ¡Un libro nuevo!, y me lo entregó en el acto.

“Trueno robado: Haikús y otras japonerías”, además de libro de poemas parece un catálogo del más fino arte fotográfico a todo color que ilustra la brevedad de cada haikú que aparece, en aquellas páginas satinadas, como la espuma que sube a la superficie en aguas muy profundas.

Aquiles Julián dice en el prólogo que en esa forma japonesa de la poesía destaca una pretensión “de capturar en su pureza el instante y trascenderlo. Atrapar lo fugaz, la pura impresión, la sensación nimia, lo efímero (…)”. Y declara además que “el haikú seduce por su desafío. En su sencillez está su trampa”.

Pero Alexis no es un fabricante de trampas, sino el más inquieto de los poetas dominicanos que conozco. Hace apenas unas semanas me había hecho llegar “El festín”, un volumen de más de 1,500 páginas donde reúne más de cuarenta años de su poesía (1967-2011) en lo que con mucho ingenio él ha subtitulado “(S)obras completas”.

A todo el que le he mostrado “El festín” de Alexis lanza un grito de asombro, de incredulidad. Y uno se pregunta cómo es posible que un poeta haya escrito tanto sin morir en las trampas del lenguaje. El “periplo poético” de Alexis comienza en los años setenta con la publicación de “Oficio de post-muerte”, y no se puede decir que termina todavía, ni siquiera con “Trueno robado”, que me entregó con notable orgullo en la legendaria calle El Conde.

Amigo entrañable de poetas extranjeros, de críticos y de académicos importantes que lo toman en cuenta cada vez que piensan en una antología de poesía latinoamericana actual, Alexis vivió muchos años en Nueva York, y allí también escribió bajo gélidas temperaturas e inmerso a veces en el desencanto que produce la “nada cotidiana” que obliga al poeta, al “pequeño dios”, como diría Vicente Huidobro, a crear magia y asombro para sobrellevar los embates de la condición de ser migrante. Quizá esto último sea en parte el origen de sus poemas más breves, en la forma japonesa del haikú.

Aquiles Julián le atribuye a Alexis la introducción formal del haikú a la poesía dominicana, con la publicación en 1985 de “Hight Quality, Ltd”, pero “no como pieza aislada, no como ejercicio ocasional, sino como todo un libro dedicado a medirse contra las exigencias de ese formato poético”.

En otro ámbito menos insular surge la apreciación del también poeta y académico Pedro López-Adorno, que describe a Alexis como “un creador de indiscutible disciplina literaria” y “un innovador desacralizante siempre en busca de los placeres del riesgo y de los riesgos del placer” en una obra que constituye una “rica y variadísima fusión de ingredientes antillanos, diaspóricos y universales”.

Y la búsqueda de esa universalidad y diálogo con otras culturas queda también develada, a luz de relámpago, en “Trueno robado”, pues al abrir el libro noto el esfuerzo de transgredir barreras idiomáticas con la traducción paralela al japonés. Sin duda, la osadía es también un haikú que asombra.