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26 de julio de 2013

La inspiración errante aparece en California

 No todo está perdido. Un joven que practica el patinaje en Venice Beach, en Los Angeles, parece creer que todavía es posible, y se ha lanzado a vender poemas por encargo en plena calle. Los escribe con una máquina manual portátil que carga consigo como parte de su equipo de trabajo. Cuando llega patinando a un punto de cierto movimiento peatonal, saca la máquina del estuche y la coloca encima de este junto a un rudimentario letrero que anuncia el servicio de escritura de poemas por $2 dólares.

Los menos esperanzados pensarían que el joven está perdiendo su tiempo, pero quien se acerca y observa la feliz reacción de la gente a este tipo de servicio podría poner en duda su rechazo a tratar de vivir de alguna destreza, una y otra vez; como el joven de Venice Beach, que lo trata cada vez que se le acerca un cliente para darle la idea del poema que debe escribirle espontáneamente, a fin de obtener los $2 dólares por la composición de versos.

La pregunta que muchos se hacen es si el esfuerzo vale la pena; si se llega a vivir realmente de eso, y en tal caso, cuántos poemas por encargo tendrían que escribirse para pagar el alquiler de una pieza y cumplir con los gastos cotidianos.

Los escribientes han existido siempre y puede que ahora estén por todas partes, incluso donde menos esperamos verlos, como el joven en Venice Beach. Pero también hay casos extremos, como el de otro poeta no tan joven de Oakland, California, que en 2007 abandonó su trabajo convencional para crear la “Poem Store”, una tienda de poemas de la que seg
ún él llegó a vivir por cinco años.

La historia de Zach Houston aparece en la internet, porque su caso acaparó titulares ya que al parecer tomó decisión de renunciar a su trabajo por amor al arte, en un momento en que la economía estadounidense se tambaleaba y el futuro laboral era cada vez más incierto. “No creían que yo abandonaba mi trabajo para escribir poemas a máquina en la calle, por dinero”, dijo entonces Houston, que ya tiene 30 años, y que alienta a otros a que hagan lo mismo. Su amiga, la poeta
Jacqueline Suskin, le siguió los pasos; y como se ve en un video en Youtube ha puesto su propia “Poem Store” portátil que como la de Houston funciona en plazas, lugares públicos y puntos peatonales de ciudades de California, donde al parecer pululan más escribientes errantes de lo que podríamos imaginar.

En América Latina, más que poemas por encargo el plato fuerte de los servicios de escribientes son las cartas de amor. Alguna vez leí de una periodista o poeta cubana que llevaba 15 años viviendo de ese oficio de marras, y hasta con clientes al nivel internacional. Tambi
én recuerdo haber visto hace poco un reportaje de la agencia Efe sobre los tradicionales puestos de escribientes en Plaza Santo Domingo, en Ciudad de México. Asimismo, en 2000 el diario La Nación de Buenos Aires destacó ampliamente el trabajo de varias mujeres, “todas ellas románticas, inéditas, amantes de la poesía y sin un trabajo estable”, que se dedicaban a escribir cartas de amor por encargo “para unir a enamorados tímidos, amigos distanciados o matrimonios en crisis”.

Quizá lo que más llama la atención del escribiente de Venice Beach es su manera de apostar por la poesía sin el toque romántico de la juventud ilusa y soñadora. Muchos de sus clientes son muchachas jóvenes que se acercan a él por el atractivo de su complexión atlética y vestimenta deportiva. Pero tal vez en sus manos está el mejor poema del siglo XXI; alguien lo comprará por $2 dólares sin darse cuenta, y luego, con el tiempo, terminará en la basura. Después de todo la idea nunca es lograr el mejor poema, sino satisfacer una necesidad inmediata por la vía pacífica, sin asaltar a nadie en la calle, verso a verso.