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4 de diciembre de 2012

Una fosa común de textos inéditos

Con los años, en este pedregoso camino de la Literatura, uno termina convirtiéndose sin darse cuenta en un lector de inéditos; libros que los amigos logran acabar en sus primeras, y a veces, únicas versiones. En muchos casos se publican acatando las sugerencias, pero en otros salen malogrados o quedan abandonados en un cajón.

En mi caso ese cajón en el que acumulo originales de amigos y conocidos lo considero una fosa común donde van a parar obras con pocas posibilidades de vida o simplemente malogradas. Por eso desde hace tiempo, cada vez que puedo, trato de evitar los libros inéditos de otras personas.

En realidad no me gusta leer textos inacabados, y eso es lo que más abunda en autores que ruegan se le lea una obra en proceso; aun terminada, hasta que se publica, cualquier obra está en proceso. Hay quienes sólo buscan la aprobación de un capítulo para continuar trabajando una novela que todavía no han madurado plenamente. Y opinar de un libro no acabado es dar un diagnóstico fallido o quitarle al escritor la responsabilidad de terminarlo, como exige el oficio.


Un libro debe tener vida propia, salir al mercado cuando no necesite cámara de oxígeno; de lo contrario tendrá serios problemas en las manos de los lectores avezados. Un lector experimentado sabe cuándo leer un libro más allá de las primeras páginas, y aunque parezca una exageración a veces ese veredicto se define en los primeros párrafos.

En otras palabras, lo ideal es que un libro publicado levante vuelo en las primeras cincuenta páginas, o de lo contrario no vale una lectura. Claro, en caso de los textos inéditos eso es casi imposible, porque una obra no publicada nos convierte irremediablemente en un testigo de su triunfo o en cómplice de su fracaso.

Todo esto viene a colación al descubrir que con los años he acumulado muchas obras inéditas de amigos; yacen en un cajón que he cargado conmigo durante toda mi vida. Allí están esos textos como el primer día, aunque no a salvo de mis subrayados y observaciones, tachaduras, equis que descartan párrafos y capítulos completos. Hasta ahora me doy cuenta que muchas de mis sugerencias quedaron sepultadas en esa fosa común de inéditos que nunca vieron la luz o que sus autores publicaron finalmente como les dio la gana.

En más de un caso los autores aficionados ya murieron, y yo sigo cargando con sus obras inéditas a todos lados porque no me entero de los fallecimientos. Me ocurrió con una autora colombiana de nombre Tatiana de la Tierra, que publicó en 2002 un libro de poemas escandalosamente erótico (“Para las duras: una fenomenología lesbiana”), y que reseñé en su momento.  Aunque nos comunicábamos con frecuencia por correo electrónico, a ella la vi en persona solo una vez en mi vida, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

De Tatiana de la Tierra recibí hace más de diez años, y por correo convencional, un libro de cuentos que ella había escrito en inglés: “A Girl with Kaleidoscope Eyes” (Literalmente: Una muchacha de ojos caleidoscópicos). Aun conserva la delicada presentación de encuadernación espiral, y una portada con los colores de la bandera colombiana de cuyo centro brota la foto de una niña que debe ser la misma Tatiana cuando tenía uno o dos años de edad.

Quizá lo que relegó este libro de Tatiana a mi fosa común de inéditos fue la página de presentación. En la misma la autora indica que se trata de una tesis para la escuela de graduados de la Universidad de Texas, como parte de los requisitos para una maestría en escritura creativa.

Tatiana murió en julio de este año en su casa de Long Beach, en California, pero yo me enteré hace apenas unos días. Ignoro si existe otra copia de este texto que ella describió como “una selección de relatos dividida en dos partes”. Son cuentos que muestran su manera peculiar de entender la vida de “una escritora andariega”, como se definía a sí misma; relatos en los que intentó crear una memoria del desarraigo,  y que quiso dedicar a su país, en la distancia.