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3 de noviembre de 2012

Mancha indeleble de Alfredo Bryce Echenique

Hace mucho fui un lector sistemático de la obra de Alfredo Bryce Echenique. Sus novelas, editadas en aquella época por Plaza & Janés, estuvieron siempre en los primeros lugares de mi biblioteca personal. Allí han ido incluso envejeciendo con el polvo del camino. Disfruté como muy pocos de mis amigos “Un mundo para Julius”, “La vida exagerada de Martín Romaña”, “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz”, “Tantas veces Pedro”, “La última mudanza de Felipe Carrillo”, en fin. Una obra excepcional de un peruano que vivió casi toda su vida en París.

También hace mucho que conocí personalmente a Bryce Echenique. Ambos nos hospedamos en el mismo hotel cuando fuimos invitados a una feria del libro. Eso hizo que compartiéramos un almuerzo en la Universidad de Brown, en Providence, Rhode Island, donde el anfitrión era el crítico peruano Julio Ortega.

Aproveché todo aquello para entrevistar y conversar ampliamente con Bryce Echenique acerca de su obra y de su vida. Muchas de las cosas personales que me contó quedaron “off the record” y no salieron en la entrevista que se publicó meses más tarde en el libro “Vanidad aparte”, prologado por Ortega y editado por la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, que dirigí durante ocho años desde su sede principal en Miami.


De modo que el nombre de Bryce Echenique y su obra son parte orgánica de mi vida profesional, aunque con el tiempo disminuyó toda aquella fiebre de leerlo y salir detrás de sus libros cada vez que estos aparecían en la lista de novedades editoriales. Quizá, al final, ya había sido suficiente para mí el humor y todo el ingenio e inventiva de su obra; o tal vez dejó de interesarme su mundo parisino que él explotó hasta la jactancia en la mayoría de sus novelas; o en última instancia crecí y me hice más adulto y más incrédulo.

Sin embargo, no me gustaría que esto que digo ahora por razones que explico más abajo se tome como una desvaloración de la obra de un autor que siempre le pisó los talones a Mario Vargas Llosa, sin que nunca llegara a alcanzarlo. ¡Imposible alcanzar a Vargas Llosa, y ahora menos que es Premio Nobel!

Con estas palabras lo que quiero es expresar una preocupación doble. Por un lado, el interminable escándalo alrededor de Bryce Echenique por el caso judicial en su contra que terminó con una condena por plagiar artículos de diarios y revistas; y por otro, la polémica que se ha generado en las últimas semanas después que se anunció al autor peruano como ganador del prestigioso Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Lenguas Romances 2012.

Sin duda ha sido una situación difícil para la FIL, que finalmente se manejó dentro de los parámetros institucionales al mantener por encima de la polémica la defensa del veredicto del jurado del premio, lo que constituye una muestra de respeto y solidaridad con el trabajo profesional de la literatura.
Lo que desluce a la FIL en este caso es que haya entregado los 150,000 dólares del premio de manera indiscreta, y en Perú, después que Bryce Echenique rechazara viajar a Guadalajara para recibirlo como lo habían hecho los galardonados hasta ahora.

Creo que Bryce Echenique debió haber ido a México, y enfrentar por su plagio las críticas y la vergüenza de explicarlo todo delante de sus colegas; era su momento para pedir perdón. Estoy seguro que la clase intelectual, lo mejor de lo mejor que se reúne cada año en la ceremonia del premio, hubiera entendido, aunque no necesariamente aceptado, las razones o las circunstancias del plagio.

De hecho, con no haber ido Bryce Echenique alimenta las especulaciones, se condena a sí mismo por encima del veredicto de la corte que lo sentenció, y sin duda aparecerá en la historia como un “depredador literario”; una mancha que no podrá borrar jamás de su excelentísima hoja de vida de escritor de grandes aportes a una narrativa que iba de la mano del boom que lanzó a la fama a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar.