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21 de marzo de 2012

Un diario para revivir a Borges

Es posible que llevar un diario sea cuestión de vanidad de escribiente, y que no haya ser más vanidoso que un autor que tema caer en el olvido.

Sin embargo, debemos reconocer que es fascinante descubrir en los diarios las verdaderas interioridades de los escritores, su modo de ser y cómo bullen sus ideas. Autores como Franz Kafka, Cesare Pavese, Virginia Woolf, Miguel de Unamuno, Anais Nin, John Steinbeck y muchos otros practicaron el diarismo a la par con sus obras de ficción.

La diferencia entre un diario y un libro de memorias es que el diario registra la cotidianeidad, y la obra de memorias la recuerda. En el registro está la historia a secas, y en el recuerdo aflora la literatura. De modo que a secas está todo lo que leemos en la voluminosa compilación de los diarios de Adolfo Bioy Casares acerca de su entrañable amistad con Jorge Luis Borges.

En estas más de 1,600 páginas quedó registrada la historia íntima de una de las amistades más públicas y emblemáticas de la literatura del siglo XX. Quizá sea difícil definir cuál es la razón de un diario como éste, aunque prefiero pensar como el editor español Jorge Herralde, de que una de las funciones de un diario es la de "ser un delator”.

Borges murió en 1986 y Bioy Casares en 1999. Pero leyendo este diario lo revivimos a ambos y entramos en sus mundos, como si lo viéramos por una ventana. Y precisamente porque es un diario debemos confiar en lo que cuenta de manera cronológica a partir de 1946, porque es historia y no unas memorias acomodadas a los caprichos del relator.

Tal vez Borges, maestro de la brevedad, no hubiera aprobado la publicación íntegra de este diario tan voluminoso; o quizá sí, en honor de la misma complicidad que siempre mantuvo con Bioy Casares en los proyectos literarios que realizaron juntos, desde la invención de pseudónimos (H. Bustos Domecq, B. Suárez Lynch) para publicar obras que escribían a cuatro manos, como las famosas “Crónicas de H. Bustos Domecq”, hasta la importantísima “Antología de la literatura fantástica”, en la que también trabaj
ó Silvina Ocampo.

Este diario es un testimonio sin parangón en el panorama de la literatura latinoamericana. Por el volumen no es una lectura f
ácil, pero tampoco es aburrida. Yo por ejemplo he descubierto un Borges nuevo; he reído mucho con su humor y sus sentencias críticas, aunque he disfrutado más su ingeniosidad, algo que sólo podía registrarse así, en la intimidad de un hogar y por unas manos como las de Bioy Casares, meticulosas y diestras en la precisión.

En definitiva, este diario es un documento que editorial Destino publica para que los lectores alucinemos una cercanía mayor con Borges y con el propio Bioy Casares y el mundo de ambos. Leerlo en estos primeros años del siglo XXI es un privilegio.

Aquí comparto algunos de mis subrayados de lo expresado por Borges: De Eduardo Mallea: “Mientras viva, Mallea será un escritor de algún nombre; después se hundirá en el olvido, como si fuera de plomo. ¿Quién se atreverá a reeditar sus novelas? Nadie”.

De Sabato: “Sabato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”.

Del clásico argentino Ricardo Güiraldes: “‘Don Segundo Sombra’ es un libro bastante primitivo, escrito con torpeza y pretensión. Yo nunca pude leerlo entero. Después de la publicación de ‘Don Segundo’, Güiraldes parecía loco. El libro se le subió a la cabeza”.

Del libro más aplaudido de Franz Kafka: “No sé por qué ‘La metamorfosis’ es tan famoso. No parece de Kafka”

De cartas de John Keats: “Han de ser tan malas como los poemas. Hay mucha cursilería en Keats”.

Del poeta Ricardo Molinari: “Amenazó con no seguir escribiendo si no le daban el premio de poesía”.

En fin, concluyo con una cita de Bioy Casares sacada de estos mismos diálogos a granel: “Mucha gente nunca averigua en qué consiste el trabajo de escribir: creen que el trabajo es estar sentado y cubrir páginas y páginas. No saben que hay que corregir; mucho menos, con qué criterio corregir. Prefieren, porque halaga la vanidad, creer o esperar que todo lo que salga de su pluma sea valioso”.
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