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1 de marzo de 2012

La Isla Saona y la guerra fría

Ya no estamos en los tiempos de la guerra fría; las luchas dejaron de ser ideológicas en el sentido tradicional de la palabra, desde el derribo del Muro de Berlín en 1989, la frustrante debacle de la Unión Soviética en 1991, y el imparable y vertiginoso desarrollo de la tecnología.

Lo último ha dejado obsoletos muchos oficios y modernizado la forma en que los pueblos se arman para defender sus soberanías. Los mejores ejemplos los presenciamos el año pasado, cuando las redes sociales virtuales se convirtieron en armas poderosas que ayudaron a incitar revueltas populares que acabaron con gobiernos totalitarios en el mundo árabe.

En Egipto fue derrocado Hosni Mubarak, después de casi 30 años de encabezar un gobierno totalitario; semanas antes también había sido sacado del poder el presidente de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí. Y muchas de las manifestaciones fueron convocadas por medios electrónicos, con tanta efectividad que incentivaron rebeliones en Argelia, Jordania y otros países árabes.

También los llamados Indignados en España y el movimiento contra la avaricia corporativa que inició en Wall Street y que luego se extendió por varias ciudades de Estados Unidos se valieron de medios electrónicos para convocar manifestaciones masivas.

Y es que en estos tiempos nada parece estar limitado geográficamente. Todo se desarrolla a escala internacional a través de la internet. Las aldeas ya son universales, los barrios son globales, los chismes del patio son nacionales y burbujean al nivel internacional.

Es tanta la modernización, que el oscuro y macabro período de la guerra fría ha quedado muy lejano de nuestro presente; una época arcaica incomprensible para las nuevas generaciones que no entienden nada de lo que no esté vinculado directamente al mundo electrónico.

Esta reflexión surge por varias intentonas de manifestaciones al estilo tradicional en mi país en contra de la instalaci
ón de una supuesta estación o base militar estadounidense en la Isla Saona, que pertenece al territorio dominicano. En tiempos de la guerra fría las protestas se hubieran dado de manera espontánea, porque las luchas ideológicas tocaban la fibra de la juventud y el orgullo patriótico era todavía auténtico.

Sin embargo, los grandes enemigos de las naciones del siglo XXI también se han globalizado. El narcotráfico, el terrorismo, la rampante corrupción de los gobiernos y el “sicariato” financiero se han institucionalizados, son partes de la ambición, de la avaricia y de la falta de escrúpulos de quienes ejercen el poder.

De modo que el enemigo mayor ya no es el imperialismo de antes. Los enemigos de ahora no son siempre los que disparan, los que atacan ni los que critican las iniciativas frontalmente, sino los que se hacen cómplices de los más bajos instintos y de las actividades criminales que atemorizan a la sociedad, y los que no son capaces de reflexionar de manera objetiva, sobre todo sin partidismos.

Si lo de la Isla Saona es para vigilar las actividades del narcotráfico y evitar los viajes ilegales hacia Puerto Rico, entonces es una buena iniciativa. Estos son tiempos de estrategias, de ayudas multilaterales, de compromisos y negociaciones para combatir los males comunes que trascienden lo territorial. Y el narcotráfico y la trata de personas son males comunes en toda la región.

No podemos dejar que los mismos narcotraficantes conviertan sus actividades ilícitas en una lucha ideológica que no existe, porque definitivamente no lo es. Hay que temer a éstos por su sanguinaria manera de actuar, pero no dejarse amedrentar ni prestarse a sus juegos de comprar conciencias humanas.

Creo que debemos darle el beneficio de la duda a la supuesta base o estación militar estadounidense en la Isla Saona; el beneficio puede ser mayor del que nos pueda dejar en estos momentos una lucha ideológica obsoleta que sólo existe en la memoria de unas generaciones frustradas, y que interesa muy poco al nuevo orden político y social del mundo.

Aprendamos a envejecer y a entender que la guerra fría ya pasó hace más de veinte años, y que los países que la impulsaron fueron los primeros en claudicar. ¡Cuántas vidas valiosas se perdieron entonces!
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