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5 de marzo de 2012

Libro súbito de José Acosta

José Acosta tiene buenas ideas para cuentos y novelas; es prolífico y publica mucho, pero quizá debería seguir siendo prolífico y publicar menos; es decir, seleccionar y trabajar mejor lo que da a los lectores de esa literatura de la diáspora dominicana que todavía no me convence.

En verdad quise evitar que este artículo acerca del libro de relatos más reciente de Acosta terminara empañando su brillante carrera de escritor de la diáspora. Con esa intención
le envié mis anotaciones en privado, dudoso de publicarlas, pero su respuesta fue la de un autor a la defensiva, como suelen hacer los eternos aficionados. Incluso me invitó a publicar este trabajo.

Bien. La obra en cuestión es “El enigma del anticuario”, publicado por el sello de autogestión venezolano Ediciones Parada Creativa, un texto que me ha desconcertado enormemente.

Sin embargo, la culpa de mi decepción no es de Acosta, sino mía, por creer los elogios que siempre suenan alrededor de este autor que ha obtenido premios y menciones honoríficas en concursos literarios, “por aquí y por allá”, y que a sus casi 48 años se gana la vida como reportero de un importante diario de Nueva York.

Pero de lo noticioso que genera una crónica burda a la escritura de un cuento o una novela hay un gran mérito, y lo primero no debe confundirse nunca con lo segundo. El uno, el periodismo, es para sobrevivir; y el otro, la literatura, debe ser para construir mundos ficticios que respiren solos y que se confundan con la realidad.

Recordemos que la literatura de ficción debe su “composición orgánica” al idioma y no a un acontecimiento real como ocurre con la crónica en el periodismo, y que un escritor, aunque goce de buena imaginación, no puede darse el lujo de tener un discurso raquítico, desprovisto del manejo del lenguaje que se requiere para crear de la nada una serie de situaciones y personajes que convenza a los lectores.

En “El enigma del anticuario” hay buenas ideas, pero la pobreza del lenguaje a lo largo de las historias que nos cuenta Acosta termina aniquilando toda posibilidad de una narrativa saludable.

Puedo citar muchos ejemplos, porque ningún relato sale ileso de este libro accidentado por falta de oficio concienzudo a la hora de armar las historias. Y es que en estas 101 páginas abundan lugares comunes y falta de rigor en la construcción de párrafos y descripción de personajes; también deslices que podrían confundirse con el desconocimiento del ejercicio real de ciertas profesiones (corredor de bolsa de valores, en el relato El sinsonte ha olvidado la tonada), o de procedimientos científicos (clonación, en Las viejas y el periodista).

Hay más: “sonrisa escapada de mi boca” (¿de dónde más?); “cara poblada de arrugas” (poblar tiene que ver con gente); “la puerta de entrada” (¿entonces no se sale?); “velocidad de cortejo fúnebre” (¿cuántas millas o kilómetros por hora es eso?); “afirmó con la cabeza” (¿y por qué no solamente asintió?); “era una anciana de pelo canoso” (lástima que no se puso el tinte); “la puerta se abrió con un crujir de tapa de sarc
ófago” (¿qué sonido es ese?); “el pelo recogido en un moño a un lado de la cabeza” (¿en qué otra cabeza podía ser?); "Los palos del equipo de golf testificaron a favor de la foto" (pero ¿los palos de golf hablan?). Para muestra ya es suficiente.

La respuesta resumida de Acosta es la siguiente: “En mi caso, te repito, ésta es mi forma de hacer literatura, es decir, en mis textos las ancianas pueden estar pobladas de arrugas, o tener el pelo canoso (o gris, o entrecano, o color ceniza); los palos de golf testifican que son de un jugador zurdo, el pelo recogido a un lado de la cabeza (o detrás de la cabeza, o en la nuca, o en el hombro)... Bueno, por ahí va la cosa”.

En conclusión, Acosta sostiene que mis anotaciones son meros criterios personales. Y yo me río, me tomo una taza de café pensando que el autor defiende como "forma de hacer literatura" a lo que en la edición profesional se le llama faltas graves de corrección de estilo.

Además, e
l escritor verdadero debe inventar lo que no existe, a veces de manera hasta profética, y empeñarse en describir con propiedad y fidelidad aquello que ya forma parte de la vida cotidiana y de la memoria de la gente.

La grandeza de una buena obra está precisamente en borrar la línea que divide la realidad de la ficción y en el lenguaje que se utiliza para dejar bien plasmado lo que se quiere comunicar, sin ambig
üedades. De lo contrario el arte de escribir queda mutilado, convertido en un inservible artefacto que no estimula la lectura y muere en el intento, aun después de publicado.
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© 2012, José Carvajal
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