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5 de febrero de 2012

Ley de la ilusión en Ministerio de Cultura

Reconozco que León Félix Batista es un hombre que se ha ganado a pulso la nombradía que le otorga la publicación de una obra poética aplaudida por un séquito de lectores extraños, pero al asumir la responsabilidad de director general de la Editora Nacional Dominicana se convirtió en lacayo de un juego estratégico de gente más experimentada que él en la cosa pública.

Por supuesto, con el tiempo que lleva de funcionario Félix Batista parece haber aprendido muy bien la ley número 32 de las 48 que conforman un misterioso código de normas empleadas de manera maquiavélica por el liderazgo de empresas públicas y privadas para mantener controlados a los demás.

Dicha ley establece la necesidad de jugar con la fantasía de la gente, y aconseja que “nunca recurra a la verdad ni a la realidad, salvo que esté dispuesto a enfrentar la ira que genera la desilusión”.

Asimismo, subraya que “la vida es tan dura y problemática que aquellas personas capaces de inventar ilusiones o conjurar fantasías son como oasis en el desierto: todos van hacia ellas”, porque “apelar a las fantasías de las masas es una fuente inmensa de poder”.

En este caso “las masas” de Félix Batista son escritores ilusionados con la idea de que se les publique un libro, para así darle un sentido a esa vida social a la que se empeñan en pertenecer sin hacer mayores sacrificios ni el trabajo que lo amerite.

En ese afán desmedido muchos se prestan a los juegos del poder y participan incluso de lo ilícito, del nepotismo que impera sin lugar a dudas en el Ministerio de Cultura y sus “sucursales de supervivencia”; otros mendigan el favoritismo y hasta crean grupos parachoques para defender a capa y espada esa gran oportunidad que les ha dado la vida.

Mientras todo est
é bien y se cumpla con el trabajo como lo establece la ética y la moral que la sociedad espera de los funcionarios públicos, los cuestionamientos no quedarán en el aire, porque si hay orden y transparencia, hay respuestas convincentes y la verdad calla a los necios y pone fin a las especulaciones y los rumores.

Sin embargo, cuando no hay respuestas institucionales, como ha ocurrido con Félix Batista y su gestión en la Editora Nacional, afloran las dudas y las preguntas aumentan de tal manera que se pone en tela de juicio la integridad del funcionario público.

No es suficiente que Félix Batista coloque en redes sociales como Facebook la foto de una tanqueta blindada con libros y que gráficamente envían a la población un mensaje de violencia, y a la juventud una idea equivocada sobre el verdadero papel de los libros y la cultura en las sociedades civilizadas.


Tampoco es suficiente que Félix Batista se burle de sus críticos utilizando las portadas de libros editados por el Estado; esto último demuestra la falta de respeto y consideración del funcionario en el contenido de dichas obras y lo poco que valora a sus autores, al utilizarlos como proyectiles contra quienes cuestionan al primero. Ningún autor, por más malo que escriba, merece que se le involucre de esa manera en polémicas públicas a menos que sea un soldado apostado al pie del cañón.

También es importante destacar que muchas veces el periodista hace preguntas cuando ya tiene las respuestas, y que su insistencia no es más que una cordial invitación para darle al cuestionado la oportunidad de presentar su versión y evitar daños a la imagen pública.

Por ejemplo, ¿por qué el Ministerio de Cultura no rinde un informe oficial sobre la gestión de Le
ón Félix Batista como gerente general de la Editora Nacional, incluyendo los viajes por Europa, América Latina y Estados Unidos? ¿Por qué no se divulga la lista de los 387 libros publicados durante los siete años de gestión de Félix Batista? ¿Cuáles son las imprentas que fueron contratadas para imprimir los libros? ¿Qué cantidad de libros se lanzaron por cada título? ¿Qué hace la Editora Nacional con las obras que publica? ¿De qué manera los libros de la Editora Nacional benefician al país y las necesidades del sistema de educación?

En otras palabras, el informe del Ministerio de Cultura debe dejar plenamente satisfecho al “rebaño desconcertado”, como le llamó en su tiempo el intelectual y político estadounidense Walter Lippman a la gran mayoría de los pueblos, es decir, a los que no pertenecen al reducido círculo del poder.

Por último, tengo un subrayado que hice hace muchos años en mi ejemplar del ensayo filosófico “Del sentimiento trágico de la vida” de Miguel de Unamuno y que no quiero desperdiciar: “…puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido del sentimiento y hasta un imbécil moral”.
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© 2012, José Carvajal
(Autorizada la reproducción, sin olvidar firma de autor, sin alterar contenido ni formato)

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