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2 de febrero de 2012

Editora Nacional y supervivencia cultural

José Alejandro Peña, un excelente poeta dominicano al que conocí a principios de los años ochenta, y a quien no he vuelto a ver personalmente en toda mi vida, ha dado en el clavo al cuestionar los destinos de los “tantos libros” publicados por la Editora Nacional.

“Es cierto, la actual secretaría (hoy Ministerio de Cultura) ha impreso muchos libros como es evidente, ahora falta que los publique. ¿Qué van hacer con esos libros? ¿Campaña política? ¿Vanagloriarse y cacarear? ¿De dónde viene el dinero?”, escribió el poeta en un breve mensaje en Facebook.

Las palabras de José Alejandro no vienen de la nada. El poeta responde de esa forma un mensaje virtual del director del Sistema Nacional de Talleres Literarios, Valentín Amaro, en el que éste felicitaba al titular de la Editora Nacional por la cantidad de libros publicados en 2011.

Y mientras llegan las respuestas para José Alejandro, yo siento la necesidad de subrayar que la cifra de libros publicados por la Editora Nacional podría parecer irrisoria y tal vez hasta provocaría risa a los profesionales de la industria: “87 libros, en un ratio
de 7.25 libros por mes, 1.8 libros por semana, 0.24 libros diarios”, dice el reporte personalista del director de esa dependencia.

A mí más que asombrarme me parece un desliz de parte de León Félix Batista, porque en un mundo organizado le tocaría al gobierno, en este caso el Ministerio de Cultura, asegurarse de rendir informes de manera oficial y no que estos lleguen a la gente por redes sociales de internet como si fueran logros personales, o de círculo de estudio o junta de vecinos.

Además, la cifra de los libros publicados es tan pobre que pone en evidencia lo poco que se labora en la Editora Nacional y lo caro que le sale al gobierno cada libro. Porque hay que calcular los salarios del personal que trabaja en cada libro; los gastos de oficina, utilidades, los servicios externos, viajes dentro y fuera del país, los viáticos, las presentaciones, y hasta las cervezas de las que alardean empleados del sector y que mantienen a funcionarios borrachines dizque “100 por ciento enfocados”, en fin, una lista casi interminable de recursos invertidos en cada uno de esos libros.

Pero lo del párrafo anterior sólo puede entenderlo un administrador profesional o un conocedor de cómo funciona la economía, aunque se trabaje con fondos públicos. Es algo que los funcionarios dominicanos parecen ignorar, especialmente los del Ministerio de Cultura y sus desacertadas ramificaciones de gastos improductivos: Feria del Libro, Editora Nacional, Comisionado de Cultura, y el Plan Quinquenal del Libro y la Lectura, entre otras “sucursales de supervivencia”.

Estoy seguro que el presidente Leonel Fernández, a quien admiro por su trabajo intelectual desde aquellos años en que coincidíamos a menudo en tertulias culturales a mediados de los ochenta en Nueva York, y con quien sostuve charla amena en su Fundación Global después de su
primer mandato, no se entera del comportamiento de ciertas “volutas del Estado” que empañan su gestión.

Jean-Jacques Rosseau lo dice más claro en su magistral obra “El contrato social”: “Los jefes, abrumados de problemas, no atienden nada directamente, y el Estado lo gobiernan sus delegados”. Imagínense, debe ser difícil para el presidente, y hasta para el mismo ministro de Cultura José Rafael Lantigua, seguir la pista de los 2,444 empleados que figuran en la nómina de ese ministerio en territorio dominicano; están obligados a delegar.

En realidad, a la miserable práctica diaria de la Política no se le puede pedir más. Lo penoso es que gente aparentemente pensante se preste a semejante barbaridad, y a crear “trincheras del deshonor” queriendo camuflar con la cultura la manta de corrupción que han venido hilvanando desde que lograron colarse en el poder.
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© 2012, José Carvajal
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