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28 de enero de 2012

“Ulises”, Joyce, y una historia

El que está en serio en este mundo de la literatura habrá escuchado hablar más de una vez del irlandés James Joyce. El escritor estaba destinado a ser un clásico del siglo XX, pero para entender lo que digo hay que conocer la “biografía” de la famosa novela que le da esa nombradía. Es un caso sumamente interesante porque la historia de “Ulises” es quizá más importante que la vida del propio Joyce.

Empecemos recordando que se trata de una obra “rompeolas” que debe su primera aparición a la sagacidad de Sylvia Beach, propietaria de la famosa librería Shakespeare & Company, que abrió las puertas de su establecimiento y apoyó con créditos y préstamos de libros a toda una generación de escritores, conocidos unos y en ciernes otros, y que habrían de convertirse en grandes nombres de la literatura universal.

Hay numerosas anécdotas de aquellas tertulias de Shakespeare & Company, que sin proponérselo fue forjando de manera maravillosa a escritores como Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, ambos entonces potenciales pilares de la literatura estadounidense y universal. Hemingway llegó a la librería ubicada en la rue Dupuytren del Barrio Latino por recomendación de otro grande, Sherwood Anderson.

El clasicista Ezra Pound fue también un asiduo visitante del lugar y probablemente amasó allí parte de su monumental obra de Cantares. En realidad, toda la Generación Perdida pasó por Shakespeare & Company, incluyendo Gertrude Stein, cuyo apartamento de París fue igualmente un bastión de encuentros literarios memoriosos. A Stein se la conoce como la madrina de la Generación Perdida, porque así la bautizó en medio de un ataque de cólera y frustración con Hemingway y otros jóvenes intelectuales de la época.

Sin embargo, creo que una de las figuras más importantes de aquel luminoso período en que “París era una fiesta” fue
Sylvia Beach, por vender en Shakespeare & Company obras prohibidas en Inglaterra y Estados Unidos, como “El amante de Lady Chatterley” de D.H. Lawrence; y por haber sorteado todo tipo de obstáculos para sacar a la luz “Ulises” de James Joyce, obra también censurada durante años mediante dictámenes judiciales en Irlanda, Gran Bretaña y Estados Unidos, que la consideraban una novela muy obscena y escrita además por un resentido social.

Ante la prohibición a principios del decenio de 1920, Beach se convirtió en mecenas de Joyce y apostó por la novela de éste de manera casi obsesiva. Pero los reveses de “Ulises” no terminaron ahí; luego de catalogársele como una de las obras maestras del siglo XX, y de ser una de las novelas de culto que aun sigue marcando profundamente a los lectores, “Ulises” y el mundo intelectual de su autor quedaron atrapados en las manos de un hombre poco sensible, quien se proclamó con los años en el único apoderado del legado de su abuelo.

Todavía estos días fue noticia la liberación de los derechos de la obra del autor irlandés gracias a que la ley que daba poderes a susodicho albacea caducó para felicidad de los estudiosos de “Ulises”, ya que de acuerdo con el diario El Mundo,
Stephan Joyce “boicoteaba todas y cada una de las iniciativas que surgían en las que se usaba material de su ascendiente: cobraba regalías casi por cualquier cosa, incluso por tan solo citarle”.

Y no sólo eso, al nieto se le atribuye la destrucci
ón de “más de mil cartas que había recibido Joyce de su hija Lucia”. Pero afortunadamente para Joyce y su contribución al mundo de las letras universales, y para los interesados en su obra monumental, a partir de este 2012 los medios que difundieron la noticia aseguran que “ya se pueden publicar y citar sin referencia o pago obras como 'Dublineses', 'Retrato del artista adolescente', 'Ulises' y 'Finnegans Wake'”.

De modo que no nos sorprendamos si de repente vemos a Leopoldo Bloom y a Stephen Dedalus multiplicados con creces y hablando solos por las calles. Una liberación como la de los derechos de todo ese mundo de Joyce podría ser el inicio de otro apocalipsis textual, donde la única fuga sería la demencia o el caos que al final determinarán una vez más un orden que se armará por sí solo, como la vida misma.
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© 2012, José Carvajal
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