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18 de enero de 2012

Marianela Medrano, sin máscara de oxígeno

Yo leí “Diosas de la yuca” de una manera distinta; no me importan los textos que dan un engañoso origen a estos poemas que llegan “maduros” a manos de lectores ávidos de la buena poesía.

De modo que obvié
Relación acerca de las antig
üedades de los indios de Fray Ramón Pané y el “Diario de navegación" de Cristóbal Colón como marco referencial y puse a prueba la orfandad textual, para ver si esta poesía de la dominicana Marianela Medrano podía respirar por sí sola, sin las máscaras de oxígeno Pané o Colón; y resultó que sí.

“Diosas de la yuca” es quizá el poemario más maduro de Marianela. Hay en este libro una magia particular que brota de la poesía misma y que podría confundirse con la referencia del mito aborigen. Esto último es un riesgo que ha tomado la poeta nacida en 1964, o tal vez sea su manera de despertar un interés que vaya más allá de esa lectura simple que siempre echa cuesta abajo el esfuerzo que conlleva elaborar un poemario en serio.

Lamentablemente nos ha tocado vivir la época en que “la poesía ni ilumina ni divierte”, diría Octavio Paz, y no sólo al burgués como se pregonaba hace algunas décadas, sino a nadie. Por lo general al poeta se le tiene como un holgazán o desequilibrado, un miembro de esa clase ociosa que tanto inquietó en su tiempo al sociólogo y economista Thorstein Veblen y que para la mayoría no aporta nada a las sociedades modernas.

En su ensayo “El verbo desencarnado” Octavio Paz recuerda casos de clásicos como Góngora, que mendigó toda su vida y se le conocía por sus trampas en el juego y por estar siempre sitiado por acreedores; Quevedo, con varia fortuna, terminó entregado a la política; y Alarcón se refugió en la alta burocracia. Paz subraya además que los poetas empezaron a sufrir desde que desaparecieron los mecenas, “porque la poesía no se cotiza, no es un valor que puede transformarse en dinero como la pintura”.

De hecho, creo que el primer autor que habló en serio de una industria de la poesía fue el inquieto Giovanni Papini. Después de reflexionar sobre ese género literario, tan popular y tan difícil de vender, el escritor italiano concluyó que el hombre no puede prescindir de ese “opio verbal” que se origina y vive dentro de cada uno de nosotros.

De acuerdo con Papini, nadie había pensado “en organizar de un modo racional la fabricación de versos. Ha sido siempre dejado al capricho de la anarquía personal. La razón de esta negligencia se halla, probablemente, en el hecho de que una industria poética, aunque floreciente, daría beneficios bastante modestos (...)”.

Eso explica que “Diosas de la yuca” tampoco sea un poemario para ventas populares; primero por lo difícil de comercializar la poesía, y segundo porque en el contexto en que está escrito este poemario se pretende conquistar lectores sabihondos o con un mínimo de conocimiento de nuestra historia aborigen.

No debo concluir sin destacar que la madurez de este libro está en el verbo, en la imaginería, en la metáfora concienzuda y en la sorpresa; porque el poeta debe sorprender en cada poema, debe inventar mundos textuales o inventarse a sí mismo en cada verso y fundar si se quiere un pensamiento filosófico de la vida y de la razón de ser.

Sin embargo, en “Diosas de la yuca” hay también algunos descuidos: redundancias (para callarnos las bocas), vocablos que desentonan con la temática (tecnicolor, glamour, cíclope cibernético) y un ordenamiento anárquico de poemas que aparentan unidad, pero en el fondo no pertenecen al mismo grupo, y es posible que ni siquiera al mismo libro.

En definitiva creo que los mitos taínos, en este caso las referencias a
Relación acerca de las antigüedades de los indios” de Fray Ramón Pané y “Diario de navegación de Cristóbal Colón, son, digamos, “un mal necesario” que sirve de ancla para dar a “Diosas de la yuca” una aparente hondura histórica que en términos generales tiene poco que ver con esta poesía adulta de Marianela Medrano.