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23 de diciembre de 2011

Kianny Antigua, otra vez

No sé si es algo importante ganar un premio literario Funglode, pero es un premio. Y Kianny Antigua ganó este 2011 un segundo lugar y una mención especial en el género del cuento, después de lograr una mención de honor en una edición anterior. Funglode son las siglas de la Fundación Global Democracia y Desarrollo, con sede en República Dominicana y oficinas en Nueva York y Washington, DC.

No dudo de la calidad del cuento premiado, ni cuestiono el veredicto. De hecho, cuando leí “9 Iris y otros malditos cuentos”, un libro de relatos que la misma Kianny me envió a mi residencia temporal de Daytona Beach, en la Florida, le dije que había en ella una fuerza natural para narrar a todo galope cualquier historia.

Sin embargo, me quejé a la misma Kianny por la falta de manos expertas en la edición de su libro publicado por la Editora Nacional, en la colección para autores de la diáspora; era algo que deslucía la brillantez de algunos pasajes y quitaban las ganas de seguir leyendo.

El editor profesional no existe para fastidiarle la vida al autor como muchos aficionados creen, sino para mejorar lo ya escrito. Un buen editor sugiere cambios, advierte problemas de lenguaje y corrige las imprecisiones; y un escritor sabio vive abierto a la posibilidad de lograr siempre la perfección de su obra, a menos que descubra en el editor a un impostor, un idiota, un mediocre asalariado de los muchos que abundan por ahí, hasta en casas editoriales de renombre.

En el caso de Kianny, que vive de manera especial el mundo literario, es una narradora en observación. Si no se pierde en las burbujas y la mediocridad de la diáspora, Kianny puede darnos muchas sorpresas, y yo espero que sea en el género de la novela; pienso que escribe cuentos porque cree no tener el tiempo suficiente para dedicarse a la novela. Sin embargo, los vientos de sus relatos tienen ráfagas del género mayor.

Además de la escritura, oficio que practica a medias como todos nosotros, Kianny es una gran activista cultural que vive en otros estadios la inocencia del artista adolescente, y se crece en las aulas universitarias donde imparte clases mientras espera coronar la adultez de su carrera con un doctorado.

Quizá deba aclarar que no conozco personalmente a Kianny, aunque hablamos durante pocas semanas por teléfono la vez que tuvo la gentileza de enviarme por correo su libro “9 Iris y otros malditos cuentos”. Desde entonces tengo su salud literaria en la mira: la poesía y el ensayo pueden ser síntomas de dispersión que esperamos no terminen malográndola, poniendo en riesgo una obra narrativa de alto vuelo imaginario. Ya supe que se casó y que logró uno de los más grandes sueños de su vida: dar a luz una criatura. Benditos sean los malditos cuentos, mamá.