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2 de diciembre de 2011

Benditas cartas, imitadores penosos

No sé dónde venden la dosis de autoridad que se creen poseer algunos autores que en el ocaso de sus vidas terminan escribiendo a los pobres jóvenes esas cartas para tarados acerca del arte de la composición de un buen poema, un cuento o una novela.

Algunos casos ameritan el ejercicio, como el de Mario Vargas Llosa con “Cartas a un joven novelista”; un ejercicio entroncado probablemente en la iniciativa del clásico Reiner Maria Rilke, con “Cartas a un joven poeta”. A partir de Rilke y sus sabios consejos las cartas de este tipo llueven por doquier y en todos los terrenos. Pero la mayoría son consejos de frustrados que en vez de orientar castran la creatividad de jóvenes mucho más talentosos que ellos y a quienes los más adultos han hecho creer que las canas y las arrugas son sinónimos de autoridad en cualquier materia; jóvenes que al parecer terminan confundiendo el respeto a la edad con la sabiduría del anciano.

La brillantez en la literatura no tiene nada que ver con consejos ni con cartitas ni decálogos —salvo algunas excepciones ya clásicas— sino con la disciplina, la lectura sesuda y la decisión de querer ser escritor, aunque las obras de calidad que surjan de ese magnánimo esfuerzo terminen en un cajón debido al dominio que tiene sobre todos nosotros la estupidez, como diría Robert Musil.

En la literatura como en todo hay casos de superación. Uno de los más clásicos es el de Gustavo Flaubert, que en principio era un desastre como escritor. Sólo la disciplina y la decisión de querer ser novelista lo llevaron a lograr obras universales como su famosa "Madame Bovary".

Vargas Llosa recordó precisamente el ejemplo de Flaubert al inaugurar la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México. El Nobel de Literatura 2010 dijo que “el talento de Flaubert es un talento que no fue innato. Fue un talento que él fabricó a base de esfuerzo, a base de disciplina, de terquedad, de una perseverancia casi enloquecida. Las primeras cosas que escribió Flaubert eran muy malas, eran imitaciones de cosas que él leía. Y la primera obra maestra fue 'Madame Bovary', que le toma cinco años (…), es una demostración de que el genio, si no es in
nato, puede ser obra de la convicción, de la vocación y del trabajo”.

Todo lo anterior se desprende de algo que leí en el sitio de internet atanay.com, un texto con pretensión epistolar dirigido a los jóvenes y cuyo autor es el crítico y ensayista dominicano Manuel Mora Serrano. No dudo que Mora Serrano sea un hombre respetable por su trayectoria, pero es penoso que quiera aconsejar a los pobres jóvenes lo que no pudo poner en práctica en su propia carrera literaria, en cuanto al arte de escribir cuentos. ¡Qué bueno que existe el Ipad!