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9 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa, un Nobel explosivo

¿Acaso vale la pena sacar de los cajones y desempolvar todo lo que nos une al nuevo Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa? A mí me une al Nobel, además de mi eterna admiración por su obra, conversaciones e intercambios de saludos en ferias de libros.

Nunca antes la Academia Sueca había hecho tanta justicia como ahora, concediéndole el máximo galardón de las letras mundiales al novelista peruano, 28 años después de haber hecho lo propio con el colombiano Gabriel García Márquez. En otras palabras, como escribió el joven escritor Rafael Rodríguez Hernández en su página de Facebook, “América Latina nueva vez ha hecho ‘Boom’”.

En realidad, la figura de Mario Vargas Llosa hizo “boom” hace mucho tiempo, cuando ganó en 1962 el Premio Biblioteca Breve, otorgado por la editorial Seix Barral; aunque la detonación mayor se hizo sentir cuando el ya famoso novelista decidió romper a principios de los años setenta con el régimen de Fidel Castro, por el histórico Caso Padilla.

Desde entonces Vargas Llosa ha sido blanco de ataques por sus ideas neoliberales y por ser un gran defensor de las libertades, además de crítico acérrimo de las dictaduras y los regímenes totalitarios de América Latina.

Descubrí sus obras cuando yo estudiaba Literatura en la universidad en Nueva York, y desde entonces no concibo el mundo literario sin él; como tampoco se lo concibe sin ninguna de las otras figuras del Boom latinoamericano (Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez) que sorprendieron al mundo con una maquinaria de imaginería que al parecer tuvo su origen en una oportuna fricción de culturas europeas y americanas. Esos escritores se convirtieron, gracias a una literatura española en crisis, en la salvación intelectual de ambas orillas. Europa abrió las puertas, y América le prestó los huéspedes, que como buenos invitados supieron ganarse la confianza, el aprecio y el respeto de sus anfitriones, por su dedicación y perseverancia. Fueron a Europa a descubrir que la literatura podía ser un oficio tan remunerativo como cualquier otro al nivel internacional.

De modo que cuando hablamos de cualquiera de los escritores del Boom, la literatura se institucionaliza con nombres propios. Que de los cuatro pilares dos se hayan ganado el Nobel, es más que un hecho histórico y un acontecimiento del que vale la pena alardear todo lo que se pueda.

Por eso creo que en esta ocasión es válido sacar de los cajones y desempolvar todo lo que nos une al nuevo Premio Nobel de Literatura. Y no sólo de los cajones, sino también de la memoria.

La primera vez que vi en persona a Vargas Llosa le tuve pena, porque le observé algo cansado, con el semblante de un hombre que había llegado de un largo viaje de trabajo por Europa. Aquella noche firmó más de 800 libros a una multitud de lectores que atiborró la sala donde el colosal peruano había dictado una conferencia. La gente no sólo acudió a ver su escritor favorito, sino que quiso aprovecharlo al máximo para que éste le firmara hasta cuatro y cinco ejemplares de las primeras ediciones de sus obras. Cuando lo entrevisté al día siguiente de la exitosa noche, el autor de “La ciudad y los perros”, “Conversación en La Catedral” y tantas novelas memorables tenía ampollados los dedos en los que acomodaba la pluma para rubricar los ejemplares de sus fervientes lectores.

Aquella mañana hablamos de muchos temas publicables y no publicables. Los publicables aparecieron en la prensa y luego salieron en un libro de entrevistas con más de una veintena de escritores latinoamericanos que edité cuando existía todavía la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, que fundé y dirigí por ocho años desde Miami.

Cuando le pregunté si soñaba con el Premio Nobel, Vargas Llosa respondió como sólo puede hacerlo un escritor comprometido con su oficio: “No, no sueño con el premio Nobel. Yo creo que ese es un sueño que puede ser bastante perjudicial para un escritor porque, si piensa demasiado en el Nobel, empieza a comportarse como un candidato al premio Nobel, y yo creo que eso es malo para el trabajo literario. El premio Nobel... pues es una recompensa que si llega un buen día, tanto mejor. Qué mejor halago para un escritor... pero un escritor no debe dejar que ese tipo de ambición se filtre en su conducta, porque yo creo que el resultado es profundamente perjudicial para la obra”.

En la misma entrevista hice a Vargas Llosa quizá una de las preguntas más incómodas para él: ¿Qué fue lo que ocurrió realmente entre usted y García Márquez? ¿Por qué fue que se enemistaron? Y él me respondió: “Bueno, eso vamos a dejárselo a los historiadores...”

Y la historia es definitivamente justa. Sin duda el Nobel de García Márquez es ahora mucho más importante de lo que era antes de ganarlo Mario Vargas Llosa. El estallido será eterno.