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11 de octubre de 2010

Gazapo en cuento de Jorge Luis Borges

No debe ser tarea fácil editar a uno de los grandes de las letras universales. En las editoriales hay sin duda textos intocables, de esos que los mismos editores prefieren evitar para no "dañarlos" con una "corrección" o una "observación" fuera de lugar.

Eso parece haber ocurrido durante años con una de las narraciones más celebradas de Jorge Luis Borges. El relato aparece en el libro "El Aleph" y en otras colecciones de cuentos del famoso escritor argentino, fallecido en 1986.

El cuento en cuestión es "Emma Zunz", cuya estructura finge ser magistral. El gazapo que he encontrado en una lectura nada rigurosa ni exhaustiva aparece en los tres primeros párrafos del cuento, los cuales transcribo a continuación:

"El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

"Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

"En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz..."

¿Adónde está el gazapo?, preguntarían los que pretendan desafiar este pequeño descubrimiento que puede no importarle a muchos, pero que sí debería preocupar y avergonzar a los editores del magnánimo Borges; es decir, al sello Emecé, que venía editando sus obras desde hace 40 años. Digo "venía" porque en estos días se anunció que la viuda y albacea del escritor, María Kodama, cambió Emecé por Random House Mondadori.

Pues bien, en el primer párrafo Borges dice que "(…) el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé".

Todo está en orden hasta que llega al tercer párrafo, cuando dice: "En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz".

En otras palabras, en principio del cuento Maier muere porque había "ingerido por error una fuerte dosis de veronal", pero luego se habla de "aquel día del suicidio de Manuel Maier". Creo que no es necesario explicar la diferencia entre un error y la deliberada acción de un suicidio.

¿A quién culpar por este gazapo? Más que al escritor, en el mundo profesional del libro los gazapos pertenecen al "bisturí" de los editores, pues es en ellos en quienes se confía que la literatura llegue saludable a las manos de los lectores. De modo que la advertencia es válida: este cuento de Borges salió herido.