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12 de julio de 2010

El pequeño editor de los grandes consorcios

El pequeño editor no es el que publica pocos títulos ni ediciones limitadas, sino el que carece de la visión necesaria para vislumbrar el futuro promisorio de una buena obra inédita.

Paradójicamente de esos elementos miopes están llenos los grandes consorcios editoriales; los monopolios famosos por sus inoperantes sistemas de evaluación y revisión, con una espera infinita no sólo para leer el original de una obra sino también las brevísimas sinopsis que complementan la propuesta formal que debe acompañar a cada libro.

El sistema sin embargo no es equitativo, pues aunque algunos editores dicen que no dan prioridad a nadie, lo cierto es que allí dentro, entre los expertos del mercadeo y la adulonería, se rompen todas las reglas del juego.

Eso ocurre en las alfombradas y cristalinas oficinas de los consorcios, mientras que afuera los autores languidecen esperanzados de que sus obras reciban el visto bueno de una junta de lectores que toma una decisión aparentemente profesional.

Con mucha frecuencia la obra bajo escrutinio representa meses o tal vez años de arduo trabajo del escritor, con la sobrada seriedad que merece el oficio.

Pero algunas veces, por no decir en todas, para que no suene a verdad absoluta, en el proceso de aprobación de una obra “airosa y bendecida” priman las influencias que animalizan la tarea, ejecutada mayormente por administradores de empresas, expertos en mercadeo y publicidad, y pocos conocedores del mundo literario y sus virtudes.

En el juego editorial también se ven intercambios de favores de todo tipo, como en las campañas políticas, y a veces existe simpatía con el autor o su agente a partir de la personalidad de éstos y no tanto por la calidad de la obra del primero.

De esto último dan fe la falta de rigor en el mercado, las imprecisiones de datos que deslucen las ediciones, los inexplicables escándalos de plagio en torno a obras publicadas por sellos famosos, los gazapos cometidos por autores que entregan sus originales confiando en el profesionalismo de “editores” que ni siquiera leen el texto por curiosidad; en fin, la lista puede que resulte demasiado extensa.

Tal parece que los editores, dioses pasajeros de esas grandes firmas que los emplean como peones del pensamiento burocrático, hacen más un trabajo de oficinistas que el del oficio que usurpan a cambio de un sueldo y una dosis de poder condicionado.

Conozco editores de grandes consorcios con mentalidad tan liliputiense que rehúyen de la lectura por considerarla una tarea demasiado aburrida; editores que no son capaces de entablar una conversación inteligente o que incluso ignoran la importancia de algunos de los autores famosos que ellos mismos promueven como si fueran actores de quinta o bailarines de clubes nocturnos.

Sin embargo, ir en contra de esta tendencia sería como navegar sin carta esférica, lo que puede llevar a un naufragio inminente. En todo caso lo que recomiendan los editores es tener paciencia, suficiente paciencia. Al fin y al cabo nadie está parado en ninguna esquina esperando la salida de un libro, por más bestseller que resulte.