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20 de abril de 2010

Don Alcibíades Santana: un muerto feliz

Pocos seres humanos mueren tan felices como don Alcibíades Santana. La última vez que hablé con él fue por teléfono, una semana antes de su fallecimiento. Me dijo que ya estaba listo para abandonar este mundo; que se iba satisfecho con la vida. Y no era para menos. Murió a los 88 años, atendido como un rey, según su hija Fátima, en un hospital de Puerto Rico.

Conocí a don Alcibíades en los años ochenta. El y dos de sus hijos levantaron con mucho sacrificio un templo a la cultura y la literatura hispanas en el sector de Inwood, que por cercanía e intereses políticos ha sido hermanado, y a veces confundido, con Washington Heights, el enclave dominicano en el alto Manhattan.

Don Alcibíades atendía a los clientes de la librería Moria, mientras su hijo, que se llama igual que el padre, se encargaba del tedioso trabajo administrativo de la pequeña empresa familiar. Iniciaron el negocio como vendedores ambulantes; un día estaban con sus mesas de libros estacionadas en alguna calle del alto Manhattan, y otro en las afueras de alguna conferencia universitaria.

Más que vendedores de libros parecían gitanos de las ideas, tejedores de ilusiones y de sueños, y alquimistas de la cultura. La inauguración de su librería en la calle 207 fue un gran acontecimiento para la comunidad y un gran paso para los que hacíamos cultura y nos iniciábamos en los asuntos literarios y el oficio del periodismo. Me convertí de inmediato en asiduo visitante de aquel lugar. Eso hizo que poco a poco surgiera un trato especial entre don Alcibíades y yo; conversábamos de todo, y sus consejos sobre la vida no podían ser más certeros, ni más equilibrados. Creo que me veía como un hijo, y yo a él como un padre.

Con el tiempo, don Alcibíades se mudó a Puerto Rico junto a su hijo administrador del negocio y la familia de éste, y, como era de esperarse, la librería quedó sin alma y sin corazón. Comenzó a languidecer poco a poco, hasta que fue vendida sin que nadie advirtiera que se perdía el patrimonio de una familia honesta de la comunidad.

Recuerdo que desde aquel angosto lugar, detrás de un mostrador que servía para todo, don Alcibíades regalaba su afable sonrisa a esa morosa clientela que suelen ser los compradores de libros, y atendía con sobrado respeto y dedicación a una población olvidada: los presos. No hubo semana que no preparara un paquete para enviar a un recinto carcelario. En sus afanes diarios parecía dar prioridad a ese servicio que él confundía a veces con una labor humanitaria.

La última vez que vi a don Alcibíades fue allá en Puerto Rico, en uno de mis viajes de trabajo literario. Lo visité en su apartamento de San Juan, donde vivió con su esposa, quien falleció primero que él, y donde su nieto Alejandro lo cuidaría hasta el último momento. La familia dice que en los últimos dos años Alejandro se olvidó prácticamente de su propia vida y que puso a un lado su carrera universitaria para dedicarse a tiempo completo al abuelo. Don Alcibíades no merecía menos.

Ahora con su muerte, a los que le sobrevivimos sólo nos quedan los recuerdos de un hombre que vivió consciente de que la vida no es eterna. Sus hijos dicen que estuvo siempre preparado para la muerte. Y en la descripción de los últimos momentos, la hija Fátima asegura que no se escuchó una queja, ni un quebranto, ni siquiera una respiración forzada cuando exhaló el último aliento. Ni siquiera una hermana septuagenaria, que viajó desde Santo Domingo para estar con don Alcibíades, notó que éste había fallecido mientras ella le hacía el recuento de los momentos más felices que vivieron juntos.

Cuando hablé con la familia sin imaginar que me esperaba la triste noticia del deceso, me topé con la sorpresa de que don Alcibíades, ordenado y meticuloso como siempre, había dejado una breve lista de personas a las cuales se debía llamar cuando muriera. En esa lista estaba mi nombre; fue la mayor muestra de que me veía realmente como un hijo. Y yo me acongojé tanto como si hubiese muerto mi padre. QEPD don Alcibíades Santana.