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8 de febrero de 2010

El conocimiento y las bestias

En Nueva York hay maneras de evitar choques con rebaños de bestias humanas que habitan en algunas partes de la ciudad. Una de ellas es incorporarse a la vida cotidiana que no comulga con esos limitados grupos comunitarios que defienden espacios geográficos que han tomado prácticamente por asalto, y que viven sus miserias como un milagroso camino a un éxito que la mayoría no logra alcanzar por la pobreza de su espíritu.

Pero Nueva York es una ciudad mágica, porque permite el aislamiento sin mayores esfuerzos. Basta desplazarse hacia el centro de Manhattan para que el panorama cambie radicalmente. El mismo tren que atraviesa los arrabales culturales afianzados en una compleja política multiétnica y en la viveza de quienes las dirigen, conduce al viajero a un mundo más amplio, mucho más exigente, y que mira a la universalidad de las cosas.

Uno de esos mundos es la sede principal del sistema de Bibliotecas Públicas de Nueva York, cuyas escalinatas aparecen resguardadas por dos gigantescas esculturas de leones dispuestos a cobrar vida propia en caso de tener que defender la soberanía de aquel impresionante edificio de columnas colosales construido a principios del siglo XX de cara a la famosa y siempre próspera Quinta Avenida.

Allí dentro hay más de 15 millones de libros, documentos, mapas milenarios y artículos de un valor incalculable para la humanidad; desde manuscritos medievales y primeras ediciones de las principales obras de la literatura universal, hasta amplias colecciones personales de los más connotados estudiosos y pensadores de todos los tiempos.

Es realmente mágico visitar —y frecuentar, como es mi caso— la principal sala de lectura, ubicada en el tercer piso. Repleta de gente como la he visto siempre, desde que estuve allí por primera vez en mi adolescencia, a finales de los años setenta, la sala de lectura parece un silencioso homenaje permanente a la sabiduría y el pensamiento profundos. Nadie pronuncia una sola palabra allí dentro, sin embargo el diálogo puede ser paradójicamente ensordecedor e infinito.

Ahora con el vertiginoso avance de las tecnologías, los microfilmes y los documentos necesarios para cualquier investigación seria pueden analizarse con impresionante rapidez y eficacia. El ordenador es un arma poderosa que agiliza los resultados de las investigaciones y abre cada vez más las posibilidades a una mayor precisión.

En realidad es poco lo que habría que buscar fuera de los altos muros de libros y documentos de todo tipo que albergan los gigantescos anaqueles de ese “templo del pensamiento” donde descansa, si no toda, una gran parte del conocimiento occidental. De ahí la contribución del hombre sabio al desarrollo de la humanidad. Y estar cerca, o en las entrañas de ese monstruo del saber, es como llegar al paraíso después de pasar por el purgatorio de culturas marginales que limitan, cuando no frustran, el desarrollo de jóvenes que aprenden a vivir con miedos que se originan en las mismas tribus a las que pertenecen.

Muchos escritores, investigadores y estudiosos de toda clase encuentran en bibliotecas como la de Nueva York la complicidad y el impulso que necesitan para hacer parir sus ideas. Mario Vargas Llosa dijo alguna vez en una conferencia dictada en Berlín que “basta con estar en una biblioteca para que la vida se convierta en aventura absolutamente vital".

El escritor peruano define además la biblioteca como “un lugar donde soñar y fantasear. Es en sí un objeto mágico como ese Aleph que figura en los cuentos de Borges. Ese pequeño Aleph en el que está representado el universo".

“Soñar y fantasear” es lo que me he permitido durante este nuevo viaje a Nueva York después de cumplir mi cita con el Diablo en las altas colinas del norte de Manhattan.